Literatura

Una fiesta con buenas intenciones, pero sin suficientes invitados

Habrá algo peor que organizar con esmero, dedicación y eficiencia una fiesta para que, al final, falte lo más importante. Y no me refiero a las bebidas, bocadillos o la música. Se trata de otro pequeño gran detalle que, si se ausenta, todo lo demás se viene abajo en un efecto cascada inexorable que ni el más pintado de los “event planners” podría remediar sin ponerse a sudar tacacos de la congoja, como diría mi abuela.

Bueno, si a estas alturas no lo ha adivinado, estimado lector, le voy a ahorrar la intriga y le cuento que de lo que hablo es lo que ocurre cuando nos invitan a una fiesta y ni usted ni yo nos dignamos en aparecer. Es decir, todo muy bonito, rico y abundante, pero lo más indispensable en cualquier fiesta brilla por su ausencia: los invitados. ¡Qué “ahuevazón” más grande! A quienes les ha tocado organizar actividades sociales, sea una pijamada de niños o un multitudinario concierto, sabrán de lo que les hablo.

Algo así se puede decir que sucedió con la Fiesta Nacional de la Lectura, celebrada en la Antigua Aduana, del 26 al 29 de octubre pasados. Por más que el Ministerio de Cultura y el Centro de Producción Artística y Cultural se esforzaron por hacer un evento de calidad (y creo que lo lograron, salvo asuntos menores), la contraparte; es decir, el público (o la falta de él) no permitió redondearlo a la categoría de rotundo éxito.

Ni siquiera las casi 90 atractivas propuestas aprobadas, entre editoriales, librerías, autorías, colectivos o bibliotecas, o las presentaciones de libros, conferencias, lecturas de poesía, talleres, y actividades infantiles, fueron suficiente para entusiasmar a los amantes de la literatura.

No sé si fue por falta de publicidad (no lo creo) o exceso de oferta de actividades en un mismo fin de semana (lo veo más probable), lo cierto es que ni las tardes soleadas y despejadas de las postrimerías de mes terminaron de convencer a las personas de ir a colmar los extensos pasillos de la nave principal de la Antigua Aduana, como lo hacían años atrás durante la Feria Internacional del Libro. (¡ah tiempos aquellos!).

Dicho sea de paso, era la excusa perfecta para los nostálgicos y defensores a ultranza de la Aduana como epicentro cultural artístico nacional de dar un golpe de autoridad sobre la capacidad de convocatoria del lugar que resonara en los oídos de las autoridades de la Cámara del Libro y demás actores asociados… No fue el caso, desperdiciaron una oportunidad de oro. Yo, por mi parte, con que volvamos al Centro de Convenciones (a Pedregal, ¡nunca más!) me doy por satisfecho.

Volviendo al evento que nos compete, pues sí, como les decía, lamentablemente nos quedaron debiendo los invitados. Y con invitados no hablo de los típicos colados que llegan a una fiesta a comer de gratis sin tan siquiera conocer al homenajeado, sino a aquellos verdaderos invitados que consultan, ojean, compran, recomiendan y repiten.

Los amantes de la lectura reales, cada vez más escasos, muy a nuestro pesar, que apoyan y reactivan la economía de un sector duramente golpeado durante los últimos años a raíz de la pandemia y un entorno económico local adverso. Ahora bien, tampoco es que no llegó nadie durante los tres días y los expositores pasamos todas las jornadas viéndonos las caras largas. Decir eso sería ser mentiroso y mal agradecido.

Sin embargo, a mi criterio y el de muchos otros colegas, tampoco cumplió las elevadas expectativas iniciales, con respecto a la afluencia de la edición anterior y de otros eventos similares, también en la Aduana, como la Feria Hecho Aquí del 2021. En uno de esos múltiples espacios de escasa afluencia que hubo durante la feria, me fui a hacer un recorrido y, mientras veía stands vacíos, a autores presentando libros frente a “cuatro gatos” y cuentacuentos con más histrionismo que niños presentes, no pude dejar de hacerme la pregunta existencial que a todos los escritores nos invade cuando nos enfrentamos a estos desolados escenarios.

¿Qué es lo que está pasando? ¿Será un asunto meramente fortuito y coyuntural relacionado a que la fiesta no cayó en quincena, no había mucha oferta gastronómica o que prefirieron ir a ver el Festival de las Catrinas o los especiales de películas de terror, con motivo del Día de Halloween?

¿O habrá un tema más complejo y profundo de por medio relacionado quizá a una apatía generalizada por la lectura, agravada por la creciente sobreestimulación a la que nos vemos sometidos en estos tiempos modernos en los que, como en la película del mismo nombre de Charlie Chaplin, somos siervos enajenados, ya no de las máquinas industriales, sino de las redes sociales y dispositivos móviles que nos mantienen a expensas de los likes y notificaciones, sin tiempo ya -¡el colmo!- para darnos el gusto de unas horas de lectura, alejados de la tecnología y la dispersión crónica a la que nos arrastra?

Sin duda, un poco de todo yace en las raíces de un problema integral y multifactorial de urgente abordaje y que no se puede atribuir al adagio fácil cliché de que “la gente ya no lee”. De ser así no tendríamos libros recientes de ventas masivas como el último del autor peruano, Jaime Bayly (Los genios) ni millones de usuarios leyendo lo que sea de su interés en redes sociales, desde los últimos chismes de la celebridad de turno hasta las incidencias en tiempo real de la guerra en Medio Oriente.

Puede que más bien, mientras yo divago en el universo existencial tratando de encontrar profundas respuestas a un tema en apariencia complejo, todo se resuma a algo tan simple como que, a escasos dos meses de finalizar la Feria Internacional del Libro, la gente estaba con resaca y sin plata como para participar en otra feria muy similar, pero sin la presencia de las grandes librerías y editoriales.

De ser así, puede que entonces la procesión vaya por un exceso de oferta y se requiera entonces dosificar la cantidad de ferias, aunque eso implique menos oportunidades comerciales. Puede que sea mejor poquitas (pero benditas) y concurridas, que un montón muy seguidas y con pocas ventas. Lo planteo a la luz de la gran cantidad de ferias a la que ha sido invitado el colectivo al que pertenezco (Faro Literario) últimamente, casi a razón de una por mes, sin considerar la seguidilla de eventos con motivo del Mes del Libro, en abril.

Independientemente de las causas y posibles soluciones, lo más importante es poner las barbas en remojo y sentarnos todos los actores involucrados a deliberar sobre lo que está ocurriendo con el sector literario nacional, desde una óptica constructiva y propositiva, dejando de lado las rencillas gremiales que ya todos conocemos y en nada contribuyen a resolver la problemática central.

Tal vez así podamos honrar el objetivo primordial de la Fiesta Nacional de la Lectura y que este año se cumplió a medias: “ser un espacio de encuentro para el sector literario y sus audiencias, donde se estimule la lectura y la escritura, en el contexto de un ambiente festivo y estimulante”.

Volvamos a los libros. No importa si es en el sillón de la casa, en el metaverso o en los regazos, ya no del abuelo, sino de un robot cuentacuentos, pero no permitamos que la tecnología, la apatía o la economía nos prive de la grata experiencia de leer… en papel o pantalla de por medio. Ayudemos a que a las próximas ferias sean verdaderas fiestas de lectura, con cada vez más invitados dispuestos a rescatar un hábito que hace aguas por todo lado.

José Ricardo Carballo Villalobos
Periodista y escritor. Codirector de La Revista, colaborador en ArteVivo Magazine.
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